Opinión de invitado: Arrogancia desmedida, el doble rasero de Occidente ante la capacidad productiva
Por Ma Kangduo Un artículo reciente de la revista The Economist lleva un título contundente: «China won’t apologise for overcapacity» (China no se disculpará por el exceso de capacidad). Su subtítulo es aún más directo: «Its industrial policy rests on a simple principle: might makes right» (Su política industrial se basa en un principio simple: la fuerza hace el derecho). El verdadero problema de esta narrativa no radica en reconocer o no la existencia de presiones sobre la capacidad productiva en algunos sectores, sino en convertir la competencia económica en un juicio moral. Un país ha logrado ampliar su escala manufacturera, reducir costos y alcanzar una eficiencia extrema en las cadenas de suministro; aun así, se le exige que «pida disculpas», como si el éxito mismo fuera un pecado original. «PRODUCIR MÁS DE LO QUE DEMANDA EL MERCADO INTERNO» NO EQUIVALE A «EXCESO DE CAPACIDAD» Es cierto que China cuenta con una gran capacidad productiva y fuertes exportaciones en sectores como vehículos eléctricos, energía fotovoltaica, baterías y acero. Pero eso no significa automáticamente que exista «exceso de capacidad». Definir como exceso el hecho de que la producción supere la demanda interna es un error conceptual básico. Si aplicáramos ese criterio, gran parte de los aviones fabricados en Estados Unidos por Boeing se destinaría a la exportación, ya su mercado interno no puede absorber toda la producción; lo mismo ocurriría con los automóviles alemanes, las máquinas-herramienta japonesas, los chips surcoreanos, los artículos de lujo franceses o los relojes suizos… casi todas las industrias altamente especializadas y con ventajas comparativas producen mucho más de lo que consumen internamente. Si todo ello fuera considerado «exceso de capacidad», el propio comercio internacional y la división internacional del trabajo se convertirían en un problema y la teoría de la ventaja comparativa quedaría completamente anulada. Que un país se especialice en fabricar aquellos bienes en los que es más eficiente y luego los intercambie por otros mediante el comercio, constituye precisamente la base de la eficiencia de la economía moderna. Fijarse exclusivamente en las ventajas de capacidad productiva de China en determinados sectores y etiquetarlas como «exceso de capacidad» es, en esencia, aplicar un doble rasero selectivo. EL DOBLE RASERO EN LAS POLÍTICAS INDUSTRIALES Por un lado, se etiqueta la política industrial china como «política de cadena industrial completa» y se la presenta como prueba de «distorsión del mercado y generación de exceso de capacidad». Por otro lado, se ignora por completo, o ni siquiera se mencionan, los enormes subsidios industriales, selectivos y excluyentes aplicados por Estados Unidos y Europa. La Ley de Reducción de la Inflación de Estados Unidos asigna unos 369.000 millones de dólares para apoyar las industrias climáticas, energías limpias y vehículos eléctricos, e impone requisitos de «Made in America» o de contenido local estadounidense. La Ley de Chips y Ciencia ya ha otorgado más de 33.000 millones de dólares en incentivos manufactureros, destinados específicamente a repatriar la producción de semiconductores. Por su parte, el Acuerdo Industrial Limpio de la Unión Europea va aún más lejos: planea movilizar más de 100.000 millones de euros para impulsar explícitamente el «Made in Europe». La lógica central de estas políticas es muy similar a la de la tan criticada política industrial china: recurrir a subsidios fiscales, beneficios tributarios y requisitos de localización para moldear activamente el panorama industrial. La única diferencia está en cómo se califican: cuando lo hace China, se le tacha de «distorsión del mercado, exceso de capacidad, la fuerza hace el derecho»; cuando lo aplican Estados Unidos y Europa, se le denomina «autonomía estratégica, seguridad industrial, respuesta a la crisis climática». «YO TE GOLPEO, PERO SI TÚ RESPONDES ES AGRESIÓN» La asimetría se hace todavía más evidente en la narrativa sobre las «acciones» y las «contramedidas». Cuando Estados Unidos impone aranceles e impulsa el reshoring manufacturero, y cuando Europa promueve el «Made in Europe», el Acuerdo Industrial Limpio o el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono, todo ello puede presentarse como una forma de «defender la base industrial restante», «salvaguardar la autonomía estratégica» o «responder a la competencia desleal». Al recurrir a estos argumentos, adoptan un tono defensivo, de pretendida legitimidad e incluso con cierto aire melancólico. Pero cuando China adopta contramedidas equivalentes -ya sean aranceles, controles de exportación o restricciones recíprocas- se las tilda inmediatamente de «armas geopolíticas», «coerción económica» o «armamentización de la interdependencia». Es, en esencia, la lógica de «si yo te golpeo, es legítima defensa; si tú respondes, es una agresión». Se presupone que Occidente tiene el monopolio para definir unilateralmente qué es una «política industrial legítima» y qué es una «contramedida ilegal». Bajo su lógica, ellos pueden usar subsidios, requisitos de localización y barreras arancelarias para reconfigurar las cadenas de suministro, mientras que China solo puede aceptar pasivamente el resultado y abstenerse responder de forma equivalente. Si lo hace, la competencia económica se presenta como una «amenaza al orden internacional». ¿CUÁL ES EL VERDADERO PROBLEMA? Occidente exige que una economía en desarrollo pida disculpas por «haber tenido demasiado éxito», mientras que calla ante sus propios subsidios masivos y juzga moralmente cualquier respuesta equivalente. Este es el verdadero doble rasero, que, en vez de demostrar el rigor económico del Occidente, deja al descubierto su ansiedad y arrogancia ante el debilitamiento de sus propias ventajas relativas. Un debate verdaderamente equitativo debería reconocer que casi todas las principales economías aplican políticas industriales. La cuestión no es si existen, sino si son transparentes, si cumplen con las reglas y si generan distorsiones insostenibles. Singularizar a China para someterla a juicios morales, mientras se guarda silencio sobre los propios subsidios masivos y medidas proteccionistas, solo hace que el concepto de «exceso de capacidad productiva» pierda credibilidad y se convierta en una mera arma discursiva. Lo que Occidente tiene en exceso no es capacidad productiva, sino arrogancia. Convertir la competitividad en pecado, la eficiencia en amenaza, el éxito en un error que debe ser confesado y la respuesta equivalente en agresión: esa narrativa es, en sí misma, lo que más necesita ser examinada. (Ma Kangduo es investigador y comentarista especializado en asuntos internacionales, con un enfoque particular en las relaciones entre China y América Latina, así como en las dinámicas entre China y Occidente. Está comprometido a ofrecer análisis equilibrados y profundos sobre los temas globales, y a explorar vías para una cooperación intercultural constructiva.) (Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no necesariamente reflejan la postura de la Agencia de Noticias Xinhua)